¿Guerras?, guerras……

¿Guerras?, guerras……

Nos escandalizan las guerras que hay abiertas en el mundo, sentimos impotencia, dolor. Nos gustaría poder hacer algo para que no ocurrieran. Dirigimos nuestra mirada hacia el exterior sin poder comprender cómo se llega a situaciones de tanta violencia y destructividad.

Esa realidad externa es un espejo donde se reflejan todas las guerras cotidianas, personales, que mantenemos activas en nuestras vidas cada uno de nosotros.

Si dirigimos nuestra mirada hacia nuestras relaciones y a cómo vivimos los conflictos que surgen en ellas, nos van a comenzar a llegar noticias de nuestras guerras y del grado de destrucción y violencia que reina en nuestras vidas: distancias, rupturas, rencores, incompresiones, heridas no sanadas, juicios, prejuicios, luchas de poder….

Este es el terreno donde si podemos hacer algo, donde recuperamos la capacidad de transformar el mundo, comenzando por nuestro mundo personal.

Algunas preguntas pueden facilitarnos el hacer este balance: ¿cómo vivo yo los conflictos?, ¿los evito?, ¿comunico lo que estoy viviendo?, ¿lo expreso desde la herida?, ¿marco distancia?, ¿guardo rencor?, ¿exijo a los demás que sean perfectos?, ¿puedo aceptar a cada persona tal y como es?, ¿mi comunicación es agresiva?, ¿escupo «la verdad» a la cara de los demás?, ¿necesito constantemente llevar razón?, ¿me cuesta reconocer mi parte de responsabilidad en los conflictos?, ¿quiero ganar, beneficiarme a mí a expensa de los demás, sin importarme su situación?, ¿hablo de los conflictos que tengo con terceras personas en vez de con las personas con quien los tengo?

Dependiendo de las respuestas que vayamos dando a las preguntas precedentes queda de manifiesto el grado de madurez afectivo-relacional desde el que vivimos nuestras relaciones, o dicho de otra manera, si prevalecen las condiciones, necesidades y dificultades de nuestro ego o las de nuestro Ser más profundo. El Padre Moratiel decía: » En lo profundo no hay conflictividad».

Si nuestras relaciones están enraizadas en la identidad más profunda de nosotros mismos, en quienes somos más allá de nuestro ego, vamos a poder vivir los conflictos que surgen para que finalmente no sólo se resuelvan, sino que puedan ser ocasión, si ambas personas así lo deciden, de fortalecer la relación.

Si nuestro ego mantiene sin curar las heridas, lleva las cuentas de lo que los demás «nos hacen», se posiciona en «llevar razón», toma como escudo el orgullo y como armas la violencia con las palabras, con las acciones y/o con los silencios, nuestro Ser desea continuamente la sanación, pone en marcha el conocimiento del otro y la comprensión, y ve desde su posición, pero también desde la posición del otro, utiliza la comunicación directa, abierta y franca y pretende que todos los envueltos en el conflicto salgan ganando y sintiendose respetados y enriquecidos en la resolución de este. El Ser entiende que compartir nos enriquece sin medida, que los demás tienen una sabiduría que nos enseña y nos abre a nuevas posibilidades.

Por lo que vivir nuestros conflictos desde el Ser nos va enseñando a vivir el amor incondicional, que genera relaciones de igualdad, nos hace más creativos, somos cada vez más y más nosotr@s mism@s y va impulsándonos a vivir una vida comunitaria basada en valores y dinámicas de nuestro corazón. Así nuestras sociedades egoicas actuales se irán convirtiendo en comunidades humanas en evolución.

Asumamos, pués, nuestro poder y nuestra responsabilidad, haciendo presente en nuestra cotidianidad esta realidad profunda que somos y transformaremos el mundo.

Magdalena Rodríguez Martínez

Sevilla a 25 de agosto de 2014

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